¿Cómo nos relacionamos?

Las relaciones entre las personas van cambiando a lo largo del tiempo. Si preguntás en tu familia cómo era antes salir con alguien o estar en pareja, y lo comparás a cómo lo hacemos hoy, seguramente va a ser algo muy distinto. A lo largo de la historia, cada sociedad va estableciendo qué está bien y qué no, lo permitido y lo no permitido.

De eso hablamos cuando hablamos de género: de un conjunto de normas, valores, que contemplan las formas de ser varones o mujeres en un tiempo y en una cultura particular. Esto forma parte de nuestra identidad, nuestra forma de autopercibirnos y de lo que esperamos de las otras personas.

Así es que la escuela, la casa o los medios de comunicación, van definiendo qué se espera de una mujer y qué de un varón. Mientras que a las chicas se las educa para ser madres, sensibles, sumisas y bellas, a los chicos para mostrar fortaleza, valentía e ingenio. Las conductas machistas se construyen sobre estos estereotipos de género. Son acciones y actitudes cotidianas, muchas veces invisibles, que se dan en la forma de relacionarnos y afectan la autonomía y los derechos de las mujeres, lesbianas, travestis y trans.

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Amor romántico vs. Amor en igualdad

Desde la infancia nos contaron historias de príncipes y princesas que fueron creando expectativas y marcando cómo deberían ser nuestras relaciones. Mandatos donde el amor lo “justifica todo”, incluso conductas que nos lastiman. Pero existen otras formas de vincularnos, basadas en el respeto, la libertad y la confianza, que cuestionan los mitos  del “amor romántico”.

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Vivo relaciones sin violencias

Cuando las relaciones son igualitarias podemos actuar tal cual somos, hay confianza en el vínculo y reciprocidad. Esto quiere decir que:

Es un espacio de placer y de goce, donde hay apoyo mutuo y lugar para el crecimiento personal.
El acompañarse es voluntario y no involucra sacrificio ni renunciar a la autonomía.
Existe igualdad de derechos y obligaciones.
Se respetan las opiniones y hay posibilidad de hablar abiertamente de los sentimientos, creencias y valores.
Se puede disentir y eso no afecta la relación.
Hay acuerdos en la manera de experimentar la actividad sexual.
Es un espacio de seguridad y respeto por la diferencia. A esto llamamos libertad.

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